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Viaje a londres, 2º de bachiller

  • 2 dic 2015
  • 2 Min. de lectura

No nos costó tanto como cabría esperar levantarnos a las cuatro de la madrugada para montarnos en el autobús que nos llevaría a Santander y de allí a Londres. Quizás fuera porque era nuestro último viaje como curso, o a lo mejor porque sabíamos que después de aquello tendríamos que enfrentarnos a 2º de bachiller en toda su magnitud, pero todos estábamos dispuestos a hacer que esos días fueran inolvidables.


Aterrizamos en el aeropuerto de Stansted, a las afueras de la capital inglesa. Nos llevaron a nuestro hotel, el Royal National, un edificio gigantesco de pasillos kilométricos, en el que fue poco más que comer y dejar las maletas y ya estábamos listos para sumergirnos en Londres.


A partir de entonces el viaje fue una sucesión de descubrimientos, caminatas, risas, viajes de metro y comidas sentados en cualquier lugar, disfrutando del sol que nos acompañó durante buena parte de nuestra estancia. Desde el encantador barrio de Greenwich con el Cutty Sark a los rascacielos de Canary Wharf, pasando por St Katharine Docks, la ciudad tenía mucho que ofrecernos. Cada día nos despertábamos -unos apurando más que otros- y desayunábamos en el hotel, algunos atreviéndose con el English Breakfast. Nos sacábamos “selfies” en la escaleras del metro, ante la extrañada mirada de los londinenses, para quienes estas escaleras no tenían nada de particular. Tentábamos a la suerte apiñándonos con nuestros amigos en el mismo vagón. Bien acompañados (por Eugenio, Maika, Laura y Nacho), aprendíamos sobre Londres y su cultura. Visitamos el inmenso British Museum, Harrods, Hide Park, los mercados de Camden Town y nos hicimos la obligada sesión de fotos en Trafalgar Square. Pudimos ver la orilla del Támesis de noche, con Wensminster, el Big Ben y el London Eye iluminados. Nos sentimos importantes mientras paseábamos por Oxford Street, donde parte del grupo planeaba pasar una tarde de compras -aunque no comprásemos gran cosa-.


No cabe aquí todo lo que vivimos en Londres. Pero cuando ya volvíamos a Pamplona, saliendo de madrugada del hotel y estando en estado bastante perjudicado en el autobús de Santander, no nos quejamos -casi- por tener que ir al colegio al día siguiente. Porque había merecido la pena.


 
 
 

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By: Maristas Pamplona.

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